jueves, 10 de septiembre de 2015

Liv...

Esta noche decidí ir más lejos que de costumbre, es preferible buscar sitios nuevos antes de que la gente comience a reconocerme, después de todo soy alguien a quien le cuesta trabajo pasar desapercibido. Llegué al lado oeste de la ciudad, entré a un café lounge con música en vivo, me senté cerca de la puerta pero en un espacio donde pudiera ver el escenario y esperé. A los cinco minutos ordené un té negro, era evidente que en este sitio no iba a encontrar algo fuerte para tomar. Prendí un cigarro, hacía meses que no fumaba y no me había dado cuenta de cuánto lo extrañaba, sentí cada bocanada entrar en mi sistema, el humo expandirse dentro de mi boca hasta llegar a la garganta, la excitación, el placer y de pronto tuve la necesidad de soltar un poco de esto en el interior de alguien más.
Los minutos empezaron a correr mientras el grupo hacía vibrar sus instrumentos en una combinación de jazz y blues cada tanto. 
Pasada media hora, vi llegar a una joven bastante atractiva, piel bronceada, cuerpo esbelto, cabello largo y desordenado, lucía unos vaqueros entallados que favorecían sus caderas y realzaban su trasero, una blusa suelta de gasa que a penas tocaba su piel y dejaba entrever su abdomen y sus pequeños senos, cubiertos por un delicado sostén de encaje que asomaba por el escote. Me sedujo su forma de caminar, relajada y segura, producía un leve tintineo provocado por una serie de pulseras doradas que llevaba en la muñeca izquierda, mientras que con la otra mano sostenía un bolso café, bastante largo que insistía en resbalar de su hombro. Me gustó su andar sobre las sandalias que usaba y que parecían darle la libertad para flotar sobre el piso y todos los que estábamos en el sitio. La vi pasar volteando por todos lados como si buscara a alguien en especial, se veía desorientada y su mirada anhelaba una cara familiar, de pronto volteó hacia donde yo estaba y le dediqué esa sonrisa a la que nadie puede resistirse, al instante me devolvió el gesto y la invité a sentarse conmigo.
Se acercó para saludar, me dio una breve descripción de su amiga y preguntó si la había visto, no puse atención a eso pero le pedí que compartiera la mesa, pues estaba sentado en el lugar idóneo para verla pasar por si entraba.
- No podría - dijo como si estuviera penado compartir la mesa con un extraño, y así se lo hice saber.
- Vamos, no es un delito compartir una mesa entre desconocidos, además, si tu amiga se presenta les cedo el lugar para que disfruten la velada, no puedo acaparar yo solo todo el espacio. 
Más relajada volvió a sonreír y aceptó mi oferta.
Compartimos un té helado y luego pasamos al vino para amenizar la charla que poco a poco subía de tono. Quisimos estar como dos perfectos desconocidos, por lo que no dijimos nuestros nombres e intentamos mantener una plática superficial, aunque a pesar de eso descubrí con cierto encanto que era una joven precavida en cuanto a los demás, inteligente, coqueta y atrevida, me intrigaba descubrir más de su vida, me sentí atraído por el hecho de que compartiera tanto parecido con la personalidad de Barb; no obstante, entre más presionaba menos me decía. No la culpo, uno nunca sabe la clase psicópatas con los que puede encontrarse por ahí.
Mantuvimos esa atmósfera de anonimato que parecía hacerse más íntimo a medida que avanzaba el tiempo, en el fondo se escuchaba "La casa y la nada" de Pastizales. Me contó que tenía un mes de haber llegado a la ciudad, esperaba ingresar a una escuela de arte para hacer un posgrado en escultura pero seguía en espera de los resultados, de momento rentaba un pequeño cuarto e impartía clases a un grupo de niños. Resultó que la amiga a la que esperaba y ella estaban planeando pero los compromisos de la primera estaban retrasando las cosas, al cabo de media hora, resultó que una vez más iban a posponer su encuentro, pues recibió una llamada en la que su amiga, una vez más se disculpaba por no llegar pues se encontraba enfrascada en una discusión con su jefe por la redacción de una nota sobre los homicidios de las últimas semanas, resultó ser periodista.
Cuando se dio cuenta de que su amiga no vendría optó por irse, intenté acompañarla pero se negó, otra vez cuidadosa de los extraños. Me apresuré a pagar la cuenta y le pedí que por lo menos de dejara llevarla a un taxi. 
Mientras la llevaba a la calle, experimente una extraña sensación, tal vez producto de los meses que llevaba solo y de los intentos que había tenido por reencontrar a Bárbara, esta mujer me gustaba. Para mi fortuna, cuando iba subiendo al coche me dio una servilleta con su número telefónico y su nombre, Liv.

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