domingo, 23 de noviembre de 2014

Segunda noche

Si cada noche es un maldito infierno, los días no pueden ser mucho mejores. Soy solo un cuerpo sin vida que deambula por las calles, por los pasillos y las sombras de los edificios, llevo semanas evitando el contacto con los demás, no tolero su lástima, su compasión, odio que me pregunten cómo estoy, cómo sigo, qué voy a hacer con mi familia. ¿Acaso no es obvio! Tengo una maldita vida que vivir y aunque en este preciso momento no sé como hacerlo, debo enfrentar mi cruenta realidad en un par de horas. Llevé a los niños a casa de su abuela para que los cuidara, han pasado de un internado a nuestra casa y ahora van de una casa a otra, no creo que Barb estuviera orgullosa de mi en este momento, pero que importa eso ahora, trato de hacer lo mejor y en este preciso instante lo mejor es que no estén conmigo. Aunque es momento de hacerme cargo.
Finalmente llegué, después de conducir durante tres horas a casa de mis suegros llevo una hora estacionado fuera de la entrada y me resisto a bajarme del auto, el mismo que logré apagar 15 minutos después.
Cada paso pesa más que el anterior, cada inhalación quema mis entrañas como la culpa que me carcome el alma sabiendo que todo esto es por mí.

Por fin estamos instalados, abrazarlos fue una bendición, pero ver sus caras fue un tormento, en especial a Merit, ella es el vivo retrato de su madre y es casi insoportable verla y saber que sólo es una sombra, que no es ella, que no la podré tener nunca más.

Finalmente se durmieron, es aterrador pensar que ahora dependen completamente de mí, que no hay nadie más para ellos, solo yo. Verlos dormir me tranquiliza en cierta forma pero me duele en el alma reconocer en sus rasgos a su madre, necesito un respiro de esto.

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Por fin!, salir y respirar el aire frío de la noche, siento que salgo de una prisión de la que no puedo escapar sin importar cuántas puertas atraviese
Mientras estoy aquí sentado en los escalones de la entrada no puedo evitar pensar en todo lo que me espera, necesito salir un momento, que suerte que Raquel y Nicolás no renunciaran cuando me quedé solo.
Subir al auto es todo lo que me separa de este tormento y de un minuto de tranquilidad.

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