Necesitaba salir, salir y respirar, apartarme de todo el bullicio y ordenar mis pensamientos, necesitaba dejar de pensar, sí eso, dejar de pensar.
Apenas salí de la casa y el aire frío en mi cara ya fue un calmante, encender el auto y escuchar el rugido del motor aminoró las voces de todos aquellos consejos que había venido escuchando día con día desde hace cuatro meses. Dirigirme por el sendero que lleva hacia la civilización, como decía Barb, hizo que recordara aquellas tardes de otoño en las que salíamos a caminar y disfrutábamos pisando las hojas secas que los árboles habían dejado caer y hacían del camino antes verde, una manta de contrastes entre rojos, cafés y amarillos. Volví a oler ese aroma a tierra húmeda que anunciaba la pronta llegada del invierno y a sentir el frío que intentaba opaca al sol que de a pocos se asomaba entre los árboles. En esos cinco kilómetros que me separaban del resto de la ciudad, volví a sentir la calidez de su mano sobre la mía...y casi me pierdo en el recuerdo hasta que tuve que retomar mi camino para no estrellarme con un árbol.
Tomé la primer desviación que vi y rápidamente me interné en el centro de la ciudad, llegué hasta un bar que se veía bastante ambientado para ser jueves a media noche, le entregué el auto al valet y me adentré en ese mundo de luces, humo de cigarro y olor a cerveza. Llegué hasta la barra, tomé asiento, pedí un Amba y me dispuse a disfrutar de la vista, varios grupos de jóvenes amigos, aparentemente disfrutando las últimas horas de diversión.
De entre todos algo llamó mi atención, o alguien. Una cabellera castaña y ondulada que pertenecía a una joven delgada y sonriente dama. Me entretuve viéndola hasta que la vi dirigirse al tocador, me levanté y crucé la habitación para seguirla, esperé a que saliera y aspiré su perfume o lo poco que quedaba de él gracias al humo de cigarro que se había adherido a ella. La observé descaradamente mientras pasaba frente a mi pero no dije nada, volteó a verme probablemente atraída por mi forma de acecharla (no habría una expresión mejor que esa), intentó sonreír pero se sonrojó y casi salió corriendo hasta la mesa donde su grupo la esperaba.
Regresé a la barra y esperé muy pacientemente hasta que surtiera efecto mi encuentro previo. Diez minutos después ella se dirigía a la barra a pedir una cerveza, la vi venir contoneando sus caderas envueltas en la tela de una falta púrpura y con una pequeña blusa negra, no tenía el mejor sentido de la moda pero hacía cumplir su objetivo. Cuando estuvo junto a mi le di una frase barata del tipo de bebida que una bella mujer como ella debía tener en la mano, en lugar esa cerveza poco más fina que la aludida. Y funcionó, se quedó conmigo hasta después de que sus amigos se despidieron y como usualmente pasa, no hubo nada en mi que reflejara todo lo que tenía preparado para ella. Me ofrecí a llevarla a su casa y como había asumido aceptó.
Al llegar a su pequeño apartamento me di cuenta de que ese encuentro estaba por llegar a su fin, había escuchado cómo me relataba fragmentos de su vida durante el trayecto y ya estaba mortalmente aburrido. Su casa solo reflejaba lo insulsa que yo ya sabía que era. Vivía en sueño rosa que pronto se volvería carmín. Apenas cruzamos la puerta la tomé de la muñeca, la acerqué y aprovechando su sorpresa tomé sus labios en los míos, tomé su cara entre mis manos imaginando que eso me ayudaría a alcanzar mi meta. Resultó que su inocencia se esfumó en cuanto hice eso y pude sentir sus uñas a través de la tela de mi camisa, solté un leve jadeo como sabía que a las mujeres les gustaba y la empuje hasta tenerla contra la pared, no pude esperar a tenerla en la cama y preferí disfrutar de ella ahí mismo, rozar su piel con mis dedos y sentir toda su humedad en mi. Reconocer el temblor de sus muslos y sus labios, hacerla gritar y ver cómo las venas de su cuello se tensaban ante el placer que experimentaba. No me importó desnudarla, tenía lo justo para mi, no me interesaba conocerla y de hecho estaba a punto de fastidiarme de ella. Tiré de su cabello, metí la mano en la bolsa de mi cardigan y dos minutos después todo había terminado.
Salí de su edificio antes de que alguien me notara, detrás de mi el charco de sangre crecía hasta cubrir la entrada de su casa...
Y desperté entre mis sábanas, con las risas de los niños al fondo mientras la nana les pedía que guardaran silencio para no despertar a papá.
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