lunes, 16 de enero de 2017

No cuento los días, cuento las horas desde la última vez, 1500 para ser exactos. He tratado de aguantar, hice todo lo posible, viajé, subí una montaña, medité y no pude, la necesito a mi lado, necesito una parte de ella conmigo. Tengo esta urgencia de verla, de saberla,  de tocarla, olerla, probarla y sentirme uno con ella otra vez, necesito buscarla. Estoy harto, desesperado, llevo horas dando vueltas por la casa, tratando de encontrar una razón que me detenga, pero la única razón es la misma que me obliga a salir.

Tomo la ruta de siempre para llegar a los bares, hoy no quiero perder tiempo en encontrarla, reviso las calles, las aceras, dejo el coche en la oficina de ella y sigo caminando, todo se siente tranquilo antes de encontrarla y al mismo tiempo tengo esta urgencia, el pulso acelerado y casi puedo sentirla llamándome desde alguna parte. Paso lentamente por los bares, los cafés, las tiendas que aún están abiertas y miro a través de las ventanas, hasta que de pronto, en una librería, la veo. Es como todas y como ninguna. Está ahí, esperándome, aunque ella no lo sabe.

La urgencia crecía a medida que me acercaba, además del hecho de quererla no tenía muy claro lo que debía hacer. Entré, avancé por un pasillo con paso calmado, ella no iría a ningún lado, estaba absorta en un libro de la sección de clásicos. Fui directo a la misma zona, cogí un libro sin mirar el título y me senté a unos pasos de distancia frente a ella. Simulé leer e interés en el libro, aunque cada tanto miraba por encima de este y la observaba, obviamente ella lo notó y rompí su concentración pues la sorprendí emulando mi gesto, con lo que sonreímos e intentamos retomar nuestras respectivas lecturas o por lo menos ella lo intentó. Yo no volví a levantar la vista aunque tampoco leía. La sentía. Escuchaba cuando se movía en la silla, sus tacones cuando cruzaba las piernas, la oía aclararse la garganta, ahora el cambio de página era más ruidoso. El trabajo estaba hecho. Volví a verla y se sonrojó cuando la "sorprendí" observándome. Bajé un poco el libro, lo suficiente como para que notara cuando le sonreía, a lo cual respondió de igual forma. Volví a desviar la mirada. Era obvio que ella no volvería a leer y solo se quedó para descubrir el desenlace de la historia. Una romántica. Lo decía el título que sostenía en sus manos, una novela rosa del siglo pasado. Exhalé, cerré el libro, me levanté y dirigiéndome a ella, dije lo que bien pudo ser una saludo y una despedida, me di la vuelta y caminé hacia la caja. 
Justo esperaba pasar cuando se acercó y me preguntó si había encontrado a mi musa también. Hasta ese momento no había reparado en que llevaba una edición de la Divina Comedia y que obviamente preguntaba si ya tenía a mi Beatriz. En ese momento la respuesta era sí, aunque para ella -la sigo buscando-. Sonrió, intercambiamos opiniones sobre nuestra selección y nos despedimos. Hice el acto de salir de la librería, pero en la puerta di la vuelta y regresé a buscarla, ella me seguía con la mirada y sonreía. Había pagado y caminaba hacia el sitio donde yo estaba. Con timidez y ya conociendo la respuesta, le pregunté si quería continuar la charla en algún café.
Pasamos gran parte de la tarde hablando de literatura, teatro, cine, todo rosa. De pronto dijo podíamos ir a ver una película si no había inconveniente. Al parecer lo estaba pasando muy bien, mientras yo solo quería concluir con mi objetivo del día. Acepté con agrado y le dije que iríamos en mi auto, lo que me daba la posibilidad de llevarla después a su casa y por fin ocuparme de ella.
Caminamos un poco y le pedí que me esperara, no quería que viera la oficina de Barb, ni que supiera quién era yo. La recogí y fuimos a una pequeña plaza cerca del malecón donde había cine, escogió una película de arte, entre los silencios me dijo que soñaba con ser directora de cine.
Sabía más de ella que ella de mi, era soltera, había llegado hace seis meses a la cuidad (era la ventaja de vivir aquí, todos eran temporales), vivía sola, tenía dos hermanos mayores y por lo demás era una chica común. La verdad no me interesaba para nada su vida, en ella solo veía una cosa, el reflejo de Barb.
Después de la película hicimos una parada, compré una botella de vino y nos fuimos a uno de los departamentos que tengo en la costa, por suerte todos están amueblados y puedo fingir que vivo en ellos. bebimos un par de copas, intercambiamos  un par de datos curiosos que no me daban ninguna curiosidad y cuando por fin la besé, lo supe, era mía.
Me levanté de la silla y me acerqué a ella, la hice que se levantara también, caminamos hasta el balcón donde la volví a besar, tan profundo, tan fuerte, sintiendo la ausencia de mi mujer, la extrañaba en demasía, Barb me volvía loco y ahora no la tenía cerca, no podía sentirla, olerla, no estaba más conmigo. solo me quedaban las sombras, los reflejos.
La besé, metí mi lengua en lo más profundo de su garganta y la llené de mi. La sentí, la probé, sentí cómo se erguía para sentirme. Pero no era ella, no era su sabor. Y no pude más, la tomé por el cuello y la quité de mi. De pronto estaba sobre la pared, respirando con dificultad y agarrandose con fuerza a mis manos que le impedían el paso del aire, pero no tenía oportunidad, solo había una idea en mi: terminar con esa farsa, ella no era Barb. En unos minutos el flujo de oxígeno había dejado de llegarle. Cuando me detuve ya tenía los ojos enrojecidos y los labios morados, sus manos dejaron de apretar las mías y cayeron a sus costados y su cuerpo se relajó. Cayó desvanecida a mis pies...
Tomé mis llaves y la cartera que había puesto en la mesa de la entrada y me fui de allí.



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