martes, 24 de febrero de 2015

Diálogos internos

Bárbara

Estoy tan agotada que no puedo pensar, pero debo hacerlo, Andrés está por llegar y no debe verme así, no debe saber el verdadero daño que me hace, aunque no creo que no se de cuenta de eso. Si no lo amara tanto... Como desearía no amarlo, ¡no! No puedo decir eso, él es mi esposo y seguramente no es su intención lastimarme, posiblemente si yo... no ¡qué estoy diciendo? nada de esto es mi culpa, excepto el hecho de permitirlo, pero... necesito pensar, si tan sólo estuvieran aquí mis hijos, pero tampoco puedo exponerlos a esto. Ellos no se deben enterar de nada, tengo que estar así, sola, es lo mejor, así nadie se entera ni sufre, sólo yo. Necesito dormir, debo descansar, ya no puedo más...
Pasan de las 07:45 p.m. y todo sigue igual, no, hay alguien más en la casa. Andrés ha llegado. Como todas las noches puedo escuchar el portón abrirse, entra por ese portón negro que tiene grabadas nuestras iniciales, avanza a través del camino empedrado y lleno de todas esas hermosas flores de colores que ha procurado tener para mi cada vez que salgo de casa, rodea la fuente, llega a la entrada y se estaciona, escucho la puerta del auto abrirse, se baja, sube los cinco escalones hasta la puerta, la abre y entra; una rutina diaria para buscar a su mujer, para buscarme a mi. Yo siempre lo recibo en la puerta sin importar que haya ocurrido en el día o al menos eso trato. Pero en los últimos meses todo ha sido peor y hoy especialmente no puedo moverme, mis párpados se abren y cierran luchando por despertar… luchando por dormir.





Otra vez no está en la puerta, otra vez no me espera. No puedo evitar enojarme cada noche cuando esta escena se repite pero me digo a mi mismo que es por el medicamento y esto es mejor a verla haciéndose daño, otra vez.
Tomaré algo de la cocina para compartir en la cama, si tengo suerte aún estará despierta y si no tendré que despertarla.
Creo que podría delegar un poco de lo que hago, tal vez dejar todo en manos de Marcelo, mi segundo al mando y tomar una vacaciones con mi familia, es probable que a ella le guste y la haga sentir mejor, podría estar con los niños y yo la vería sonreír una vez más, aunque ya no se cómo acercarme a ella...
Por fin termino de recoger lo que quiero de la cocina y me doy cuenta de que toda la casa se siente en calma, aunque es una calma extraña y tengo este sentimiento desde que salí del trabajo, como de que algo está fuera de su lugar. Las luces de la escalera están apagadas, lo que no es usual si ella está en casa, grito su nombre pero no responde, el cuarto se ve vacío a primera vista. Dejo la bandeja con la comida en una mesita junto a la cama y bajo nuevamente a buscarla.
—Probablemente— pienso —aún está en el estudio revisando bocetos para su próximo desfile—
Nuevamente, bajo hasta el estudio y en un sillón la veo. Ahí está mi esposa, la tomo en brazos y la llevo al cuarto, se nota débil, fatigada no solo físicamente y se que eso es culpa mía. Por fin, se despierta cuando la dejo en la cama. Le doy un beso en la frente y le susurro cuanto la amo. Después voy por la bandeja de comida y vuelvo a la cama mientras ella trata de sentarse, es absurdo verla así, me enferma ser el causante de todo esto, de verla así y disculparme ya no es una opción, ni si quiera se cómo hacerlo, hace tanto tiempo que le estoy pidiendo perdón por todo que ya resulta absurdo. Debo reconocer que lo mejor que puedo hacerle es dejarla pero me es imposible vivir sin ella.




No puedo soportarlo, cada noche desde hace cuatro meses es lo mismo, ya ni recuerdo la causa que originó todo esta vez, creo que fue porque vi a mi hermana, recuerdo que esa noche cuando regresé a casa él ya estaba aquí. Tenía esa mirada en la que no puedo reconocer sus pensamientos, preguntó dónde había estado y antes de que pudiera responder comenzó a golpearme. Como muchas otras veces antes...
Supongo que cada vez me cuesta más recuperarme, no es fácil vivir así. Tengo miedo todo el tiempo, siempre puedo hacerlo estallar por cualquier motivo y enfrentarme a su furia convertida en gritos o golpes.



Es difícil verla así, tratando de enderezarse para comer un poco, pero cuando lo consigue su mirada se ha encontrado ya con la mía y al instante comienza a llorar, yo solo puedo abrazarla y odiarme por hacerle esto. Por fin consigo calmarla y hacerla que coma unos bocados, suficientes para que la medicina haga su efecto sin afectarla más. Estoy con ella todo lo que puedo soportar, la abrazo y susurro palabras dulces en su oído hasta que se queda dormida, después la dejo y me siento a su lado para trabajar mientras ella duerme. Sería más cómodo ir al estudio pero no quiero dejarla sola en la noche, ya pasó el día así y prefiero estar aquí esperando que amanezca mejor para que se recupere.


Por la mañana despierto y descubro que estoy sola, tengo que apurarme si quiero llegar a tiempo al trabajo, hace cuatro meses que no salgo de casa y apenas ayer pude levantarme de la cama; he estado dirigiendo lo más que he podido desde aquí pero ya no lo soporto, necesito salir.
Me doy un baño rápido, escojo un vestido rosa pálido de tela fresca para el calor que está haciendo afuera, me pongo unas sandalias cómodas, recojo mi cabello en un moño alto, delineo mis ojos y agrego el maquillaje necesario para disimular el deprimente estado en el que me encuentro. Me doy un último vistazo en el espejo del baño y bajo las escaleras, lo hago en silencio como si no quisiera que nadie notara mi salida pero al mismo tiempo estoy esperando que él ya no esté aquí.
Finalmente, llego a la puerta pero algo o mejor dicho alguien me detiene, puedo sentirlo aunque no lo vea, me doy la vuelta y ahí está, sentado a mi espalda en el sillón que apunta a la entrada de la casa, se levanta e inmediatamente mi corazón se acelera, todos los sentimientos vienen a mi como en un torbellino, doy un paso atrás esperando que él no lo note y se enoje, empiezo a temblar. Cada vez que esto sucede me digo que voy a ser fuerte pero es inútil, no puedo. A Andrés parece no importarle mi comportamiento esta mañana, se ve feliz de que esté levantada, se acerca y mi cuerpo reacciona, se pone rígido en seguida, las piernas me tiemblan y siento que me voy a desmayar en cualquier momento. Él es cauteloso conmigo, me toma despacio por los brazos para acercarme, luego me abraza y empieza a disculparse por enésima vez. Al principio pienso que es lo mismo de siempre pero de pronto comienza a temblar también, su voz se quiebra y hay algo más, noto la humedad de sus lágrimas en el hombro, no puedo evitarlo siento su dolor, lo abrazo más fuerte y busco su mirada. Me observa de forma breve y cierra los ojos, solo me toca, sus manos recorren mi cara y limpian las lágrimas que no había notado en mis mejillas, pereciera como si mis lágrimas le dolieran más que las suyas en este momento, se acerca más, tanto que casi roza sus labios con los míos, vuelve a pedir perdón y de repente en un impulso me besa. Retengo el aire mientras esta sensación se abre paso en mi pecho, no puedo expresar la felicidad y el miedo que me embargan ahora. Confío que esta no sea una vana promesa más y todo este arrepentimiento no sea una mentira más para hacerme una falsa ilusión de calma. En fin, ahora lo único que siento es su mano sobre la mía y el contacto de su cara sobre mi hombro mientras me dice una y otra vez —lo siento—.
Este día es sólo para los dos, ambos cancelamos nuestros compromisos y prometió que mañana iríamos por los niños, hace tanto que no los veo, prácticamente desde que enfermé esta vez, él siempre los aleja cuando me pongo así, en esta ocasión no podía verlos más de una o dos veces por mes, nunca nos habíamos separado tanto tiempo.

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