martes, 16 de septiembre de 2014

Primera noche

Pasaban de las 12 am, la calle estaba prácticamente desierta, era una noche fría y húmeda, recién había terminado de llover y aún podía sentirse la humedad en el aire, el olor a tierra mojada inundaba el ambiente y en la distancia solo podía escucharse el rumor de las hojas de los árboles moviéndose en el aire del incipiente otoño, lejos de eso nada.
Leo atravesó la calle con sus largos pasos, sin prisa pero tampoco deteniéndose cuando un gato negro se cruzó en su camino. Quería llegar a casa, era lo único que le importaba en ese instante, dio los últimos pasos casi corriendo, para cuando llego al auto ya tenía las llaves en la mano, no quería perder más tiempo. Abrió el coche y se subió. Recogió su gabardina para evitar que se mojara y quedara atrapada con la puerta del coche, encendió la radio que en ese momento tocaba el invierno de vivaldi, respiró profundamente, cerró los ojos, volvió a abrirlo al tiempo que soltaba el aire y finalmente arrancó. Se dirigió a casa...
Llegar a través de las calles vacías de ese lunes en la madrugada le tomó alrededor de dos horas. Una vez en la entrada abrió el portón a unos cuantos metros antes. Odiaba llegar y tener que esperar a que las puertas terminarán de abrirse. Al llegar apagó la música, el auto, abrió la puerta y salió, una vez más respiró el frío de la madrugada, aunque en su jardín olía el aroma de las flores. Rosas, orquídeas, gerberas y pensamientos que había plantado para ella... El recuerdo dolió y deseó haberse quedado en la ciudad, en la playa, con aquella otra mujer a quien había conocido esa misma tarde, esa que no importaba y cuyo nombre ya no recordaba...
Dio la vuelta al auto, subió los tres escalones que lo separaban de la puerta y antes de abrirla se detuvo, sacó las llaves y jugó con ellas en la mano, hizo tiempo como quien no quiere enfrentarse a una realidad al otro lado de la puerta. Respiró y liberó el aire que estaba reteniendo, abrió la puerta y entró. Como cada noche, los recuerdos se agolparon en él. Primero los olores, aún podía sentir el suave aroma de las flores de vainilla que a Barb le gustaba tener en el florero de la entrada, aunque hacía meses que ya no había nada en el. Leo ya no sabía si ese aroma se debía a una esencia real o si era producto de su imaginación, de cualquier forma inspiró y se sintió en casa por unos segundos. Después vinieron los ruidos, o para ser más precisos, la falta de ellos. Leo se encontró con un silencio sepulcral enmarcado por el lejano murmullo del aire tocando las hojas de los árboles en el patio trasero y el suave batir del agua del lago que estaba en su jardín. En su casa no había nada que pudiera emitir un sonido, los niños se habían ido, la televisión estaba apagada, ya no había un timbre que anunciara que lo que fuera que hubiera en el horno estaba listo, la risa de su mujer y el saludo que solía hacerle para recibirlo se habían ido. Leo abrió los ojos, que hasta ese momento había tenido cerrados apenas dar un paso al interior y se encontró con la oscuridad. ya no había luces que avisaran de la presencia de alguien al interior de la casa; todo era negro, una negrura espesa que lo cubría todo como recordatorio de la soledad que estaba a punto de abrazarlo.
Movió la mano hacia la izquierda buscando el interrumptor y prendió la luz, dio otro paso al interior y cerró la puerta. Con la cabeza gacha y el ánimo en los suelos se resignó a caminar, puso las llaves en la mesa de la entrada y se dirigió a la cocina. buscó un vaso de agua con el cual pudiera borrar todos los sabores de esa noche, como si con eso expiara sus culpas, como si el agua fuera capaz de borrar unos besos que no quiso recibir, unas palabras que no quiso decir... Haría falta más que un simple vaso de agua para borrar todos los pecados de esa noche.
De repente recordó su cara, tan clara como el agua que tenia enfrente. Hizo a un lado el recuerdo por un momento, dejó el vaso en la barra y fue hacia las escaleras, subió tratando de imaginar como sería oler el perfume de su esposa, escuchar su risa mientras se acercaba a la habitación. Pero era una mentira más, hacía meses que Barb había dejado de reír en la forma que él amaba, en últimas fechas solo había conseguido sacarle una leve sonrisa.
Llegó a la puerta de la recámara para encontrar una cama vacía y la ausencia de ella. Repitió la rutina de siempre, desvestirse, asearse, acostarse y abrazar el espacio vacío que nadie iba a poder llenar. En ese momento quiso volver en el tiempo y hacer todo diferente, decir las palabras que no dijo, dar las caricias que no dio, cumplir los sueños que no concluyó y satisfacerla en todo lo que no pudo, quiso regresar el tiempo y hacerla feliz para evitar que se convirtiera en una sombra...

No hay comentarios.: