lunes, 16 de enero de 2017

Cuenta la leyenda que las letras más bellas son producto de corazones rotos y sueños abandonados... Tengo alrededor de 7,300 días en esa condición y las palabras aun no han podido traspasar mis labios, que siguen rotos y llenos del dolor que me hace pronunciar tu nombre y del dolor que me produce contar mi propia historia. Aquellos que han querido, han podido vislumbrar la oscuridad que se asoma entre los silencios, en las lágrimas y en los pequeños detalles que van pasando casi sin dejar rastro transformado en apatía ante la vida, en un sueño y un deseo que expira al segundo de ser pronunciado.
Paso los días rodeaba de cuerpos vacíos, sujetos preocupados por su imagen y estatus sin mirar a quien tienen enfrente, sin querer tener un impacto positivo ante nada en absoluto. 
Luego llegan las noches y con ella las luces, algunas artificiales, otras producto de mi imaginación o tal vez de la demencia que se avecina. 
Siempre o por lo menos desde hace algunos años (la mitad de los que tengo en vida mas unos agregados al doble) he tenido miedo por mí, de mí. De aquellas voces ocultas que luchan por salir y hacerse un espacio en la realidad y hacerse tangibles mediante acciones que denoten su presencia.
Han ido sacando hilos de lo mas profundo de mi psique para traerla en forma de pesadillas a mi presente y buscan cualquier guardia baja para hacerse presentes. 
Quisiera describir mi día a día y sonar elocuente al hacerlo pero temo que el ímpetu de la historia combinado con las emociones no me deje llegar más allá de un simple arrebato de locura que escandalice hasta el mas abierto de mente. Aunque sin duda considero que la verdadera razón es no traer a colación todas las huellas de ti, los restos de sueños rotos que demuestran los fracasos que trato de ocultar.
Prefiero ocultarme en este divagar torcido y trivial que pronunciar tu nombre y mi nombre en una misma oración, recordar que la única buena acción que considero haber hecho, me ha traído más sufrimiento del que había antes de tu llegada. 
Odio admitirlo, pero invariablemente todo acaba siendo una carta de amor o despecho u odio o despedida a ti...
Sigo cumpliendo mi promesa y eso pesa aun más.

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