Pasaron algunas horas hasta que pude sentir cada parte de mi cuerpo, estaba totalmente consciente pero seguía sin recordar algunos detalles. Sabía que estaba en un hospital pero no terminaba de entender por qué. Tenía miedo, quería respuestas y ni siquiera era capaz de formular las preguntas, mi boca estaba sellada. Sólo me permitía dar unos roncos gemidos de dolor, era sumamente frustrante; mientras, Antón se dedicaba a procurarme caricias y palabras de amor que no hacían más que reforzar la desconfianza que sentía, algo en mi me decía que eso solo era una pantalla, en especial porque no se alejaba ni un minuto y no permitía que nadie se quedara a solas conmigo. Estaba en una posición sumamente protectora.
Finalmente, después de intentarlo durante todo el día, pude hablar con sumo esfuerzo, -Antón, ¿qué pasó?-
- Amor, puedes hablar - dijo con una sonrisa- pero no te presiones, tranquila, pronto vas a estar bien.
- ¿Qué pasó? dime-
- Tuviste un accidente- dijo casi con pesar- ¿no lo recuerdas?
- No.
- No te preocupes amor, tal vez es mejor así, tranquila.
- Dime.
- No Ángel, descansa.
Así fueron todos los intentos que hice por obtener respuestas de su parte y con las demás personas no tenía oportunidad de preguntar, pues él siempre estaba ahí a mi lado.
Esa noche, la primera desde que desperté, no quería dormir, me resistía a quedar en la inconsciencia otra vez. Sin embargo, una vez que me dormí tuve un sueño bastante raro pero que me daba una idea de lo que estaba viviendo. Hasta ese momento había considerado que los vendajes y las agujas eran una cuestión de rutina, pero en el sueño me vi rodeada por un mar rojo con olor a metal, pero no era un mar cualquiera, este brotaba de mis manos, inagotable. Me vi tumbada en una superficie fría, estaba contenida, el agua no se iba, era una bañera. La cabeza me dolía también
No hay comentarios.:
Publicar un comentario