martes, 23 de junio de 2015

Desliz...

En la mañana, la rutina de siempre me pareció menos aterradora. Enfrentar el día sin ella fue menos insoportable pues aún tenía el recuerdo de su risa fresco.
Obviamente mis hijos fueron los afortunados ganadores, Barb estaría orgullosa de mí, aunque nunca tuvo queja de mi como padre.
Las quejas eran hacia ella, no lo entiendo, pero supongo que nunca la entendí a ella. Hubo un día en el que apenas se fueron los niños a la escuela quise desahogar el estrés con ella, de la única forma que pensaba no la lastimaba. 
Seguíamos en la cocina cuando la tomé entre mis brazos, le sonreí y la besé, fue un beso tierno que ella recibió con agrado pero que al cabo de un par de segundos fue subiendo de intensidad, ella respondió pero de pronto fue demasiado. Mordí su labio y la hice sangrar, yo estaba extasiado pero ella sufría, tardó en protestar a sabiendas de mis reacciones. Primero subió las manos, trató de empujarme por los hombros pero yo la tomé de las muñecas y la abracé mientras susurraba a su oído que se tranquilizara, que todo estaba bien. Seguí besándola pero su cuerpo se tensó, ella había aprendido a reconocer los escenarios que le ofrecía. Me permitió besarla pero mi abrazo la tenía cautiva entre la barra del desayuno y mi cuerpo que no dejaba espacio vacío entre los dos. Yo no lo sabía en ese momento pero había perdido el control, se lo decía la presión que ejercía sobre ella, mi mano derecha sujetando sus muñecas por detrás para que no opusiera resistencia, mi mano izquierda recorriendo su cuerpo, tocando sus senos sin la menor cortesía, jalando su cabello para tener mayor acceso a su boca, Bárbara gemía pero contrario a lo que yo creía no era por placer. No entiendo por qué no luchó más en este punto, supongo que porque esa violencia era preferible a lo que tendría si no lo hacía. Pero el momento llegó, solté sus manos para tomar sus piernas, sabía que no me detendría porque estaba ocupada deteniéndose para no caer. Para mí no era mas que otro encuentro efusivo, para ella era una pesadilla. Rompí su ropa para abrirme paso, ella gritó y yo la oí orgulloso por el placer que creía darle a mi mujer. Sobra decir lo que siguió y cuando por fin gritó que la dejara recibió un golpe en el rostro y la advertencia de que no se moviera, que solo hacía lo que ella deseaba. Estaba fuera de mi, eufórico, excitado, loco y cuando terminé y escuché sus sollozos una furia se apoderó de mi, no lo pude contener, salí de ella tan violentamente como entré, si grito de dolor empeoró todo, le grité reclamos de ira diciéndole que no entendía como reaccionaba así cuando únicamente había tratado de satisfacerla de hacerla gozar como yo lo hice con su cuerpo, todo esto lo dije mientras la tomaba por los hombros y la sacudía. Por un segundo fui consciente de la coloración que afloraba en su mejilla izquierda producto de la cachetada que le había dado antes y eso me enfureció aun mas si es que eso era posible, le reclamé que era su culpa que la lastimara, era su culpa por no cooperar, por no entender mis necesidades y la volví a lastimar, no puedo decir todo lo que le hice pero estoy condenado a recrear esa y cada una de las escenas que compartimos una y otra vez. Cuando acabé no era mas que un bulto de carne ensangrentado y sollozante en un rincón. Obviamente su primer reacción cuando volví a acercarme fue gritar y suplicar, ¿por qué suplicaba? Ella no era culpable de nada aparte de seguir conmigo, claro antes dese había ido y la hice regresar. La tomé en brazos y la llevé hasta el cuarto de baño, la senté en un taburete mientras llenaba la tina. Llamé a su oficina y a la mía para avisar que no asistiríamos. Terminé de desnudarla, siendo todo lo gentil que antes había olvidado ser, le pedí perdón como todas las veces anteriores, la metí en la tina y entré con ella, la limpié y traté de arreglar todo, pero yo aun no estaba bien y tener su cuerpo desnudo y húmedo sobre el mío me hizo perder la cabeza una vez mas, fui menos agresivo si, pero eso no me hizo menos violento, exploré su cuerpo como pocas veces lo hacía debido a sus protestas. Fui un animal. Cuando terminé la cubrí tratando de no ver lo que había hecho con ella, la sequé y la llevé a la cama. La tuve entre mis brazos tratando de calmarla, de redimirme. Pero nada en este mundo puede expiar mis culpas y penas para la porquería que fui, que soy. Ella no dormía y yo no entendía por qué, aun no la había  curado y había una razón para ello, yo todavía no acababa. Que bien me conocía. Había aprendido a leer cada movimiento que hacía mientras la convertía en un mero objeto de placer. Sobre las tres me vestí y salí por los niños. No hay que decir que dejé el cuarto con llave y le di unas gotas para dormir. 

Hoy, sin embargo, tengo una cita para almorzar, llamé por teléfono a la rubia veinteañera de la noche pasada y dije que pasaría por ella. El cuento de hadas siempre funciona, en un par de minutos ya tenía su dirección, llegué un poco antes esperando que aun no estuviera lista y me dejara pasar. Una vez dentro, la idea de ligue con atractivo soltero de casi 40, adinerado, apuesto y atento hizo el resto. Sentía una fuerte necesidad de desahogarme como no había podido la noche previa, no tuve que convencerla de nada, su ímpetu y el aire de excitacion hicieron todo por mí. Cogimos en el sofá para empezar y después hicieron falta rincones por recorrer. Para el final de la tarde le ofrecí un vaso de agua, nos dimos un baño juntos y se derrumbó en mis brazos, producto del veneno que le di. Con la poca fuerza que le quedaba la llevé a la cama donde acabó de morir. Recogí mis cosas, limpié las evidencias de mi estancia y me fui. Esa fue la primera vez que le fui infiel a mi esposa muerta...

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